Comparsa Moros Viejos Petrer
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Historia de San Bonifacio Mártir.

Vida del glorioso martir San Bonifacio para adultos.

Según el flos sanctórum

(enciclopedia de los mártires)

 

A finales del siglo III, siendo emperador Galerio Maximiano, había en Roma una dama noble y rica llamada Aglae, hija de Acacio, procónsul y perteneciente a familia senatorial. De la depravación había hecho modo de vida, en la que le acompañaba su mayordomo Bonifacio, con el que también tenía relaciones carnales. Un día Aglae y Bonifacio reconocieron sus errores, cambió de vida, dio limosnas y envió a Bonifacio a Oriente, donde todavía continuaban las persecuciones a los cristianos, para que le trajera el cuerpo de algún mártir, al que construiría un oratorio a través de cuya intercesión pedirían perdón a Dios. Partió Bonifacio con una importante suma de dinero para comprar el cuerpo de algún mártir, lienzos, ungüentos y criados, llegado a Tarso de Cilicia, dejó el equipaje y a sus acompañantes en la posada. El se marchó a visitar la ciudad, llegó a una plaza donde estaban martirizando a unos cristianos. Bonifacio los abraza, besa sus heridas y les anima a derramar su sangre por el Dios de los cristianos. También les pide a los mártires que rueguen a Dios para que él mismo también tenga fuerzas para aceptar el martirio.

 

El gobernador Simplicio advertido de lo que ocurría hizo que lo llevasen a su tribunal. Preguntado Bonifacio, respondió que era cristiano y tenía envidia de los bienaventurados mártires. Viendo Simplicio tal osadía, le instó a sacrificar a los dioses paganos para salvar su vida, negándose Bonifacio. Simplicio ordenó que lo apalearan y le hincasen estacas entre las uñas, lo que Bonifacio toleró con un semblante risueño. Después ordenó Simplicio que le echasen en la boca plomo derretido, Bonifacio entonó una oración y el pueblo que estaba presente se enterneció echando por tierra el altar pagano y arrojando piedras contra el gobernador. Bonifacio fue conducido a la cárcel y al día siguiente mandó Simplicio que lo echasen en una caldera de pez y aceite hirviendo. Bonifacio hizo la señal de la cruz sobre ella y reventó, abrasando a los presentes. Espantado el gobernador del poder de Jesucristo ordenó que le cortasen la cabeza. A su muerte, ocurrida un 14 de mayo, sucedió un temblor de tierra que atemorizó a los ciudadanos de Tarso, convirtiéndose muchos al cristianismo. Los criados de Bonifacio, viendo que no venía después de dos días, pensando que estaría en alguna casa de juego, le andaban buscando. Preguntaban por un extranjero recién llegado de Roma, y por las señas les indicaron que le habían preso por cristiano y cortado la cabeza. Les acompañaron al arenal donde hallaron el cuerpo de Bonifacio. Los criados, arrepentidos de sus juicios, se arrojaron a sus pies deshaciéndose en lágrimas, entonces la cabeza del santo martir abrió los ojos y los miró a todos con una sonrisa que les llenó de consuelo. Pagaron quinientos escudos de oro por el cuerpo del mártir, lo embalsamaron y envolvieron en ricas telas y tomaron el camino de vuelta a Roma. Aglae en oración había oído una voz que le decía: “El que antes era criado tuyo, ya es hermano nuestro; recíbele como a tu señor, y colócale dignamente, porque singularmente a su intercesión deberás que Dios te perdone tus pecados”. Dio gracias a Dios por la misericordia que había hecho con su siervo y partió a recibir las reliquias. Enterró el cuerpo de Bonifacio en un terreno de Aglae haciéndole levantar un magnífico sepulcro. Después mandó construir un oratorio, renunció al mundo, repartió sus bienes entre los pobres, libertó a sus esclavos, hizo construir una ermita junto a la capilla de San Bonifacio donde tras algunos años murió santamente.

 

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